sábado, 10 de enero de 2009

Epo-lénep / María Eugenia González

Fue suficientemente rápido como para que no lograse darme cuenta en ese instante y suficientemente rotundo como para que todavía tenga alguna repercusión en mí. No logré comprenderlo al principio y dudo que en este momento lo comprenda.
Cuando conseguí ese brillo particular, ese que solo poseen las luciérnagas en alguna noche de primavera, me di cuenta de lo que estaba ocurriendo, ya había ocurrido antes -una sola vez- pero había ocurrido y hasta el día de hoy no lo olvido.
Luego encontré esas canciones que no dicen nada, aunque creen contarlo todo: la verdad, el amor, la acción, el odio, el olvido, el desacuerdo, el engaño y hasta el deseo. Una nada que conforma un todo, un suceso aislado que pernoctando se hila como situación enredándose en una telaraña. Si allí se recitara todo lo que esas canciones no lograron contar, no podrías discernir quien la tejió, tal como Penélope, es preferible a veces esperar en paz.
El tejido jamás concluye, jamás se comprende, decidiste velar una maraña de lana, solo para destejerla, así no dormirías. Pues creíste que sin dormir no habría sueños, creíste haber encontrado la solución.
No habría blues que te grite una verdad, ni siquiera identidad, nunca adivinarás quién teje, nunca aceptarás a quien esperas.
Era un dorso, un reverso, un detrás, una espalda, un revés, había girado su eje de tal forma que no percibía ni siquiera aquella estrella de la que decía ser dueña, era en vano conseguir acomodar la espina dorsal, estaba en otro mundo, ya no veía lo que creía ver, ya no destejía, ya ni siquiera esperaba.
Sólo era un brillo de luciérnaga.
A veces una persona simplemente se cansa, hay partidas que son mas atrayentes para el espectador que para quien participa de ellas.

Al derecho o al revés la situación sería la misma, incomprensible y hasta insufrible, solo así se percibía todo. Veo a Penélope y lloro, ella intentó enderezarse, conseguir el equilibrio, volver a un eje, a su propio eje. Para ello no debía reflexionar, soltó las agujas y comenzó experimentar, un frenesí, un sinfín de posibilidades.
Si ya no velaba a una madeja, ya no esperaba y sería libre. Pero cómo no volver a su ritual, ese que la hilaba con su mundo de deseo y fantasía, de brillo de luciérnaga. Debía experimentar y así lo hizo, comerció con mercaderes todo tipo de especias, cambio azafrán por pimienta, recorrió caminos y formas.
En esos senderos almas muchas con exuberantes invitaciones lograron aparecérsele. Penélope aceptaba, pero ninguna logró habitarla; existía una melodía aún zumbando entre sus pensamientos: era la de esas canciones que no dicen nada.

Finalmente volvía a sentirse como la araña,
una vez más deseosa de concluir su tarea;
era ella quien debía hilar esa situación:
volvería a ser un brillo de luciérnaga que espera sin eje,
pero que aún logra brillar esperanzada.