viernes, 30 de enero de 2009

Clarice Lispector / Mónica Melo

Cuando era pequeña, Clarice Lispector descubrió la eternidad masticando chicle. La experiencia no le supo nada bien. El regalo feliz y rosa, muy pronto se quedó sin sabor y sin embargo ESO no acababa nunca. Al escupirlo recuperó la calma, se había deshecho por fin de esa cosa nueva, obsequiada, intolerable.
Mi primer contacto con lo infinito sucedió en el patio de La Tablada, tenía cuatro años.
Recuerdo que dije "El mundo no tiene fin".
Todo lo que sigue es una sensación, de ganas de correr, salir, conocer el mundo vedado de "afuera de la casa".
Yo estaba dando vueltas con mi triciclo alrededor del duraznero noble y haroldo, el que jamás dio una fruta digna de ser comida pero sí las flores más felices, primarias y tangibles de aquel barrio.
Los mayores no giraban, a ellos les era permitido subirse a bicicletas y los papás tenían autos y motos.
Cuando yo dejara de girar, me dije, saldría por el portón azul hacia la calle y cruzando la avenida, seguiría pedaleando hasta el cementerio y de allí a la casa de mis abuelos y después a otra ciudad, a una que encontraría en los mapas que tenía mi mamá en los libros.
Yo había visto puntos rojos y brillantes en ellos. Una gama de marrones y de verdes y, dentro del azul, se desteñían tantos blancos como en el cuerpo de una Moby Dick destinada a la paz del arpón que nos mata y no sentimos.
Tengo recuerdos, lo juro, desde mi año y medio de edad. Es un instante.
Mi mamá teniéndome en brazos dándome la mamadera y yo gritando, desesperada, con la cabeza hacia el marco de la puerta viendo todas las cosas al revés, buscando a mi papá, llamándolo desgarrada.
Aquel libro con países que recién ahora puedo nombrar y recorrer lo vi a mis tres. Mi mamá señaló un sitio exacto y dijo muchas cosas que hoy conozco por contextos e historias que me han sido dadas o que yo puedo inventar sin más problemas.
El mundo a mis cuatro años era infinito y jamás se acabaría.
Siempre asocié la eternidad a un viaje.
Hoy escribo estas líneas en China, en un pueblito del sur, con sierras y humo de aceite en sus callejas y pagodas.
Juro que tiene toda la magia de ese caramelo feliz y extraño que la hermana de Clarice le regaló diciéndole "Esto no se acaba nunca". La diferencia radica en que nada de esto pierde su sabor, al contrario. Aquí todo se hace más purpúreo, fiel, intenso, como una espuela clavada a los molinos, ese espejo circular que contra el sol quema el portón, la sangre mansa, nuestras naves.