sábado, 6 de septiembre de 2008

Sigue soñando / Nisa Arce

Cada mañana, al regresar del trabajo tras su agotadora jornada nocturna, pasaba delante de los mismos lugares y veía a las mismas personas; primero, en la parada del bus, los viajeros se arremolinaban en busca de un poco de espacio, ya lloviese, nevase o hiciera un frío atroz. Luego, los barrenderos, los estudiantes, los guardias que dirigían el tráfico…

En resumidas cuentas, la ciudad ensayaba indefinidamente una coreografía con vistas a un espectáculo que nunca se celebraba. Un baile que, aunque frenético y caótico, tenía cierto encanto.

Y como cada mañana, al pasar delante de los contenedores de basura, veía el mismo par de botas abandonadas en un rincón. No eran unas botas fuera de lo común. De hecho, la piel gastada en la que estaban confeccionadas, los cordones raídos y las suelas agrietadas le daban un aspecto lo que se decía humilde.

Su casa no quedaba lejos y a esas horas acusaba el cansancio, pero cada vez que pasaba delante de las botas, dedicaba unos instantes a preguntarse cómo habrían acabado ahí y de quién serían los pies que las habían lucido. ¿Qué parajes habrían recorrido, qué pecados cometido para merecer quedarse allí, ajenas al interés y el conocimiento de los demás?

Imaginó que habían pertenecido a un montañero que, cansado de la rutina, se dispuso a recorrer las grandes cumbres del planeta sin nada más que una mochila a la espalda y su inseparable par de botas. Tras haber observado el mundo desde su cima decidió regresar al hogar, en el que sus botas trotamundos ya no tenían sentido, y allí se habían quedado, tristes y solitarias, contando su historia a todo aquel que tuviese un poco de tiempo que dedicar a la nada.

Idear un motivo con el que explicar el misterio era su ritual, su manera de otorgar descanso a la mente e ir con ilusión a la cama, en la que reponía fuerzas para enfrentarse al ciclo que, con la caída del sol, se repetiría.

Pero aquella mañana, dicho ciclo se rompió. Se sobresaltó cuando escuchó un fuerte ruido a su derecha. Uno de los encargados del servicio de limpieza del ayuntamiento le miraba con el ceño fruncido, como queriendo pedir en silencio que se apartara. Dio un paso hacia atrás y dejó que hiciera su trabajo, sin protestar cuando el hombre tomó el par de botas y las arrojó en el interior del camión.

Clavó la mirada en la del hombre y no la desvió hasta que el camión, tras ponerse en marcha, se alejó y dobló en la siguiente esquina para continuar su ruta.

La ciudad, la gente que esperaba en la parada del autobús, los guardias, los tenderos de las panaderías y los estudiantes seguían siendo los mismos. Pero le habían arrebatado su breve instante de distracción.

Sacó las llaves, abrió la puerta de casa y se tiró en la cama.

Lo único que le quedaba ahora, era seguir soñando.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

me encanto...
un rayo de luz en un caotico mundo,
¿quien no ha soñado despierto con el fin de evadir la realidad?

Javier dijo...

Soñar no me gusta. Es mejor vivir.

Ana dijo...

¿Tienes un blog? ¿Puedo leer algo más?

Ana

Nisa Arce dijo...

Hola, soy Nisa ;-) Muchas gracias a Carlos por publicar mi cuento, a los que lo han leído y a los que habéis dejado un comentario.

Ana, sí tengo blog. Puedes visitarme aquí:

http://nisarce.blogspot.com

Un saludo ;-)

Miki dijo...

Estoy de acuerdo nada de soñar, a vivir que son 2 días.

Miki

vivevida dijo...

exitos lo haces superbien, Nisa me gustaria que me ayudaras a realizar un cuento de paz para mi ciudad que necesito en mi colegio, gracias por favor lo más pronto posible, luego te digo como me fue, exitos y se que Dios te va ayudar a realizar todos tus sueños mi correo es memita2@gmail.com

andres proaño dijo...

Visto

Anónimo dijo...

Ola soy mariel y me encanto