sábado, 11 de octubre de 2008

Perder la virginidad / Nerea Riesco

-No sabía que estos servicios tuvieran unas tarifas tan elevadas -Petunia rebuscaba en el monedero mirando de vez en cuando al apuesto joven que tenía enfrente-. Debes ser muy bueno en lo tuyo, pimpollo.
-Soy un profesional.
-¡Siempre tan tacaña! -protestó Esmeralda-. Esto va a hacer a Marta muy feliz.
El muchacho extendió la mano para recibir sus honorarios con cara de circunstancias.
-Quedará satisfecha, no se preocupen -masculló mientras contaba los billetes.
-Tenga cuidado. Hágame un trabajo fino… mire que es virgen -le advirtió Esmeralda.
-¿Virgen con setenta y cuatro años? -espetó él-. Si lo llego a saber antes hubiese exigido un precio especial. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra. No le pongo pegas a los años que tiene pero esto… ¿Está bien de salud? Que cuando me pongo…
-Todos los hombres sois iguales, da lo mismo la edad, la época… os creéis poseedores de la pilastra que sostiene el planeta ¿eh? ¡Váyase ya, pollo!
Las dos mujeres observaron sonrientes el caminar chulesco de don Juan de saldo del muchacho.
-Es curiosa la cantidad de servicios que uno puede contratar ojeando la página de contactos, ¿verdad? -dijo Petunia.
-Ya te digo.
-¿Tú crees que se parece al de la foto?
-Clavadito.
Marta aún conservaba intacta la gracia de los quince años. Podía ejecutar un charlestón con maestría fumando en una enorme pipa y enrollándose al cuello una boa de plumón rosado para reproducir el Lilí Marleen con voz cadenciosa. Lo que más le gustaba era jugar a las cartas con sus dos amigas, Petunia y Esmeralda, y salir a pasear por las tardes con un caniche enano al que ella llamó Prozac en honor a las pastillitas que le habían devuelto la alegría.
Cuando vio a ese hombretón con voz de telenovela apoyado en el quicio de su puerta con actitud seductora no se lo pensó dos veces. Lo enganchó con su boa plumosa y, a ritmo de tango, lo arrastró hasta su lecho con ojos lascivos. Se agachó para quitarle los zapatos, desabrochó su camisa musitando una melodía y luego le dio un empujón que lo dejó despatarrado sobre le cama. El joven, al verla tan animada, comenzó a lanzarle piropos subidos de tono pero ella le suplicó que mientras durase el acto simplemente le susurrase al oído que la amaba, que siempre la había amado y que, si la dejó plantada en el altar fue porque un inoportuno golpe en la cabeza antes de salir para la iglesia le bloqueó los sentidos y le hizo deambular durante lustros sin recuerdos ni rumbo fijo.
Mientras Marta perdía la virginidad, desde la foto que durante cincuenta años había reposado en el aparador, el joven que nunca había dejado de espiar su soledad con una peliculera sonrisa de tonos sepia, se moría de celos viendo a la que fue su novia haciendo el amor con otro.

4 comentarios:

Mercedes dijo...

...Me ha parecido ingenioso, ágil y muy original!

Sara López dijo...

Precioso cuento, perfecto!!
Me ha encantado.
Saludos,
Sara.

Anónimo dijo...

Gracias Nerea por escribir tan bien. Te sigo y te admiro.

Lucia

Joaquin dijo...

Este relato es un ejemplo de por qué eres profesora de escritores, sigue así.