jueves, 12 de marzo de 2009

Arribajos / David López

Apenas abrió los ojos y recuperó la consciencia, se dio cuenta de lo que en realidad había sucedido y no le gustaba en absoluto... Afortunadamente consiguió escapar de esos salvajes y esconderse en el oscuro pinar donde, agotado por completo, perdió el sentido. Se incorporó con un esfuerzo notable mientras los recuerdos le asaltaban y las fuerzas aún debilitadas hacían mella en su vana intentona por caminar completamente erguido hasta el coche que había alquilado la semana anterior. La distancia que recorrió se le hizo eterna y el dolor francamente insoportable. Mientras rebuscaba en los bolsillos delanteros de sus sucios y rasgados pantalones la llave que abriría el Renault, pensaba en el alivio que supondría llegar al hostal que reservó días antes en un pueblo próximo, en darse una buena ducha y abrir una de esas carísimas botellas de vino con las que su hermano "Don Perfecto" le obsequiaba en sus instructivas visitas...
-Menos mal que papá y mamá ya no viven ...
Después de los últimos acontecimientos, lo que era seguro, es que la policía seguía de cerca sus pasos. El estúpido de su hermano, a pesar de sus estudios universitarios y sus cinco idiomas no sospechaba nada. Era su consuelo.
Llegó a la habitación aún tembloroso y se aseguró de que esos salvajes no estuvieran esperándole en la puerta. Siempre había vivido en la capital y nunca se acostumbró al carácter cerrado de esos pueblerinos, más preocupados siempre de su ganado que de sus propios hijos. Había estado casi dos años ejerciendo de maestro de escuela en Arribajos y cuando empezaron los rumores decidió poner tierra de por medio jurándose volver para despedirse. Se duchó y se puso ropa limpia, un bonito traje color marfil que había comprado en las rebajas, se sirvió una copa de vino, después otra y en la segunda botella, se vio con el valor suficiente para empezar a escribir una brevísima nota de despedida:
-Puede que vosotros no me entendáis, pero preguntadle a vuestros hijos, a ellos les gustaba estar conmigo...
Tres días después el teléfono de Don Alfredo Gómez, reputado arquitecto catalán, sonaba y al otro lado alguien que decía ser policía le informaba del hallazgo del cuerpo de su hermano inmerso en la bañera de un hostal.